Cada año, tres millones de personas mueren por fallos en el sistema sanitario, la mayoría en países en vías de desarrollo. Los esfuerzos mundiales para mejorar la seguridad de la atención de los pacientes se centran en investigación, alianzas entre centros e intercambios de conocimientos.

Las represalias penales al ejercicio de la eutanasia representan un atavismo al que finalmente va a ponerse remedio en el Parlamento. El castigo a los cómplices de un suicidio asistido es un reflujo oscurantista. Se antoja sarcástico negar la muerte voluntaria a quienes no tienen medios para administrársela, más todavía cuando los motivos que se arguyen provienen de principios religiosos y morales tan discutibles como la definición sagrada y heterómana de la vida.

El debate del martes pasado en el Congreso acerca de la propuesta del Parlamento catalán para despenalizar el suicidio asistido y la eutanasia dejó dos frentes establecidos: el PP, UPN y Ciudadanos se opusieron y defendieron que la solución para las personas que piden estas medidas está en potenciar los cuidados paliativos. El resto de partidos defendió que los enfermos incurables y las personas con una discapacidad grave e irreversible que, además, tuvieran un sufrimiento físico o psíquico al que no se fuera capaz de dar respuesta, pudieran decidir el momento y forma de su muerte. 

Ante la duda, mejor que no coma ningún fruto seco o alimento que lo contenga o lo pueda contener. Esta es la premisa con la que vivimos los padres con hijos que padecen alguna alergia alimentaria. En el caso de mi hija, la tiene a dos alimentos: a los huevos y a los frutos secos. Y lo sabemos desde los cinco meses, cuando tras una comida familiar en la que había mayonesa implicada, a la pequeña se le pusieron la boca y los ojos súper hinchados. Esta situación acota bastante su alimentación, ya que la mayoría de los alimentos procesados contienen uno u otro, pero le ha asegurado durante su corta vida, tres años hace en junio, alimentarse de

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