Mientras uno es joven, lo que hoy viene a ser por debajo de los 50, se puede permitir cometer errores de cierto calibre, algunos disparates ridículos y sobre todo ser un perfecto idiota. Luego, ya no. La conspiración publicitaria que presenta nuestra vida como un cuento infantil quiere mantenernos en el error, el disparate y la idiotez hasta la muerte. Y es el horror de morirse lo que está empujando en el mundo los movimientos neofascistas. Enfrentarse a este fascismo sonriente es trabajoso y agotador. Sin embargo, es lo que nos ha tocado. Nada heroico, nada simple.

El que usted esté leyendo estas líneas indica que el tema le interesa y que lo que ha leído hasta ahora sobre él no le alcanza. Esto no es de extrañar, porque los primeros estudios serios sobre la tecnología aparecieron recién en el siglo pasado, y ninguno de ellos basta. Por ejemplo, el título de la principal revista sobre el tema, Technology and Culture, fundada en 1959, sugiere que la tecnología interactúa con la cultura, cuando de hecho es uno de los dos motores de la cultura contemporánea (usted ya sabe cuál es el segundo).

Los méritos y las insuficiencias de esta exhaustiva biografía de Karl Marx —simplemente Karl para G. Stedman Jones— quedan de manifiesto desde las páginas introductorias. El profesor del Queen Mary College parte de reconocer lo que ante todo cuenta en Marx, “las múltiples ideas que desarrolló en un sinfín de textos notables”, su enriquecedora aportación a la teoría social del siglo XIX. A continuación introduce algo decisivo para la comprensión de nuestro Karl: contemplar “sus textos como intervenciones del autor en determinados contextos políticos y filosóficos que el historiador ha de reconstruir luego puntillosamente”. Es decir, Marx no