Decía Bryce Echenique —en un viejo artículo en EL PAÍS, año 1991— que el nuevo periodismo se basaba en “una persecución larga, cara y paciente del personaje”, y que, una vez llegado a él, a menudo había que quitarle el foco inmediatamente. Para hablar de Leonard Bernstein, por ejemplo, convenía entrevistar al taxista que lo había llevado al aeropuerto. Como en los crímenes, el mayordomo era crucial: Gay Talese descubrió que la viejita que cargaba la maleta con todos los peluquines de Frank Sinatra durante todas sus giras, unos 60 o 70, podía saber más de Sinatra que él mismo.

La violencia y la exhibición de impunidad por parte de supuestos narcos se está disparando en Algeciras de una forma tan intolerable que debería movilizar al Ministerio del Interior y todos los resortes del Estado para frenar un deterioro creciente. Si en los últimos meses los delincuentes habían dado prueba de su incontención con el rescate de un narco por parte de encapuchados que se lo arrebataron a la policía en un hospital de La Línea; o habían desbordado a las fuerzas de seguridad acosándolas en algunas operaciones, una tragedia ha sumado esta semana nuevos datos para esa voz de alarma.

Mientras uno es joven, lo que hoy viene a ser por debajo de los 50, se puede permitir cometer errores de cierto calibre, algunos disparates ridículos y sobre todo ser un perfecto idiota. Luego, ya no. La conspiración publicitaria que presenta nuestra vida como un cuento infantil quiere mantenernos en el error, el disparate y la idiotez hasta la muerte. Y es el horror de morirse lo que está empujando en el mundo los movimientos neofascistas. Enfrentarse a este fascismo sonriente es trabajoso y agotador. Sin embargo, es lo que nos ha tocado. Nada heroico, nada simple.

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