La ceremonia número 25 de los Oscar, celebrada en 1953, fue la primera que se televisó en la historia. Un dato que la Academia de cine olvidó compartir con muchos actores, que se presentaron aquella noche no tan arreglados como habrían deseado. Eso le pasó a Gloria Grahame, estrella asentada de aquel Hollywood clásico, subió a recoger su primer Oscar por Cautivos del mal y sin mirar a cámara dijo “gracias” y se marchó. “No llevaba casi maquillaje”, recuerda y justifica la actriz Annette Bening que ahora interpreta a Grahame en sus últimos días en la película Las estrellas de cine no mueren en Liverpool.

El espíritu colonialista es cosa presente, y no importan las décadas que hayan pasado desde las últimas declaraciones de independencia africanas. Si no, cómo se entiende que alguien pueda ver normal que una enfermera guineana diplomada, en actividad y con años de experiencia en su profesión, tenga que seguir vendiendo las legumbres de su huerta doméstica, al salir del trabajo, en un mercado andrajoso de Bissau, para que sus hijos puedan estudiar.

“Si no le pides a los hombres que lleven tacones, tampoco nos lo puedes pedir a nosotras”. El año pasado Kristen Stewart recordaba con esta frase la famosa polémica que estalló en 2015 cuando una invitada no pudo acceder a la alfombra roja del Festival de Cannes por la obligación de que las mujeres lleven zapatos de tacón alto en los estrenos de la tarde y de la noche. Aunque desde entonces la etiqueta de las galas de Cannes se ha relajado un poco, y entonces el Festival se defendió alegando que no había ninguna regla escrita que exigiera el uso de tacones, aquella historia aún colea en el año del auge de los movimientos feministas.

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