Tenemos costumbre -y a veces razón- de relacionar a Pablo Iglesias con el populismo, pero Mariano Rajoy se está adhiriendo a cualquier oportunidad de fervor popular, no ya legislando de cuerpo presente sobre la prisión revisable permanente, sino tratando de recuperar el liderazgo del patriotismo, hasta el extremo de identificarse con la versión del himno de España que protagonizó Marta Sánchez en el Teatro de la Zarzuela.

Los milenios pasan, Alaska permanece. No es una virtuosa cantando ni bailando, pero sí alguien capaz de trascender las modas al haber inventado su nombre y su espacio, y mantenerlo 40 años. La entrevista transcurre en el hotel Emperador, en la madrileña Gran Vía, escenario de su boda con Mario Vaquerizo, transmitida en un reality de éxito entre la chavalería millenial. Mientras charlamos, un grupo de adolescentes la acribilla a fotos desde la calle a través de la cristalera. La historia de su vida.

En 1999 una docena de artistas alquilaron un local en el barrio madrileño de Lavapiés. Querían investigar libremente, jugar con todo tipo de disciplinas, desde la instalación y el videoarte hasta el teatro, la poesía o el happening. “Queríamos desarrollar un lenguaje propio, al margen de etiquetas. Por eso no encajábamos ni en museos ni en teatros. Así que el mismo local donde trabajábamos nos servía de escenario”, recuerda Jesús Acevedo.

Entre los actores hay un chiste. Si todos hicieran huelga, Malasaña se quedaría sin camareros. No hace falta explicarlo. Vivir exclusivamente de ponerse en la piel de otras personas es casi imposible. Un privilegio reservado a unos pocos que con talento o sin él forman parte de una industria, la del entretenimiento, en perpetuo estado terminal. Hace poco más de cuatro años, la vida de Carmen del Conte era como la de cualquier actor. Por las noches trabajaba en un bar y por el día ponía su esfuerzo en asistir a entrenamientos, talleres, casting y ensayos por los que no cobraba ni un duro, para actuar en obras con las que podría ganar no más

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