“Todo es cierto, Dany”

Fuente: El País - España

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Sabemos por otras temporadas de Juego de tronos que durante las noches que preceden a las batallas los guerreros aguardan insomnes. Mitad impaciencia, mitad pánico, de esa fiebre apenas se libra nadie, ni mandos ni soldados rasos. El segundo capítulo de la última temporada circuló alrededor de los exiguos placeres que acompañan a ese angustioso impasse. Al amanecer (próximo episodio) llegará el choque con el ejército de los muertos y mientras tanto los vivos se distraen con sus cosas: dar los últimos retoques a la estrategia del campo de batalla, resolver cuentas pendientes, beber, cantar alguna canción triste y buscar un poco de calor, si es posible humano.

En esta coyuntura la ya no tan párvula Arya decidió, para sorpresa de muchos, perder la virginidad con su viejo amigo Gendry; Brienne de Tarth fue armada caballero por Jaime Lannister en una de las mejores secuencias de la noche; Lady Mormont confirmó que su sitio está en la batalla y no jugando a las muñecas con otras niñas y Sansa y Daenerys dieron un paso al frente en nombre de la sororidad. El poder femenino ha sido uno de los ejes dramáticos de Juego de Tronos, y lo ha sido desde el principio, así que cuesta tachar de oportunista a una serie que siempre ha creído en sus heroínas. El poder, ya lo sabíamos también, es el talón de Aquiles de la La Madre de los Dragones y quizá por eso en los minutos finales del episodio, Dany reaccionó mal al enterarse al fin de la verdadera identidad de Jon Nieve. Ni una señal de alegría al saber que su hermano mayor no era un despreciable violador sino un hombre enamorado, que además se casó con su amada y tuvieron un hijo (Aegon Targaryen a.k.a Jon Nieve) y que ella, desangrada por el parto, le pidió a su hermano Ned que se llevara al bebé para ocultar su identidad y así protegerlo de la ira del Rey, Robert Baratheon, locamente enamorado de ella y principal ejecutor de los Targaryen. La solución al enigma más importante de toda la serie solo significa una cosa para Daenerys: que ya no está en primera línea de sucesión al Trono de Hierro. Un duro revés para Jon (que nunca quiso ninguna corona) descubrir las prioridades de su amante (que no piensa en otra cosa). “Todo es cierto, Dany”, insiste él ante el gesto incrédulo de ella.

Desde hace dos temporadas la verdadera identidad del bastardo de Invernalia rige la trama. Quien no quería ser Comandante jefe de los Guardianes de la Noche ni Rey del Norte ni nada es heredero de todo. A estas alturas la solución a la tensión dinástica entre los dos amantes y parientes podría pasar por cambiar pañales.

Pero lo más inquietante del último capítulo es que sabemos que a partir de ahora ya nada volverá a ser lo mismo. “Todos vamos a morir, pero al menos moriremos juntos”, asegura sonriente el salvaje Tormund mientras Bran Stark y Samwell Tarly divagan sobre el poder de la memoria, el arma a su juicio que más teme el Rey de la Noche. “Quieren eliminar este mundo y yo soy su memoria”, afirma Bran, a lo que Sam añade: “Eso es la muerte, olvidar. Ser olvidados”.

Las reflexiones alrededor de la muerte son parte sustancial de una serie que es de zombies sin serlo. La pasada temporada el eterno resucitado Beric Dondarrion (interpretado por un magnífico Richard Dormerle) confesaba a Jon Nieve durante una expedición que no levanta su espada de fuego por Reyes ni Reinas sino por la vida. “Somos soldados y debemos saber por qué luchamos. El enemigo siempre vence, aun así necesitamos luchar contra él”, le dijo entonces Beric. Lejos de aquellas palabras, un plano casi en contrapicado del fiel y cabal caballero Jorah Mormont subido a su corcel parecía evocar en la insomne noche final la estampa de un mártir.

Fuente (Fotos y Texto) El País - España