Volver a Cornellà con la frente marchita

Fuente: El País - España

Entretenimiento
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Cuando uno siente que pierde pie, se ha cansado de sí mismo y ha olvidado para qué hace las cosas, lo mejor es regresar al lugar donde todo empezó. La identidad rota se empieza a recomponer en la casa natal, entre pucheros y canciones de infancia. Volver a Cornellà ha sido para Jordi Évole una forma muy elegante de despedirse, como de arte y ensayo, que es el estilo en el que se había convertido Salvados en el último tiempo, después de haber sido muchas otras cosas en estos 11 años en antena.

Évole también ha cambiado mucho desde el gamberrismo de aquel primigenio Salvados por la campaña, y la evolución del programa ha sido la de su director y presentador. Porque Salvados no se adscribe a un género: es un programa de autor, empapado en cada plano y en cada decisión estética por la personalidad de Évole, e indistinguible de él. Por eso despierta las mismas adhesiones y rechazos que provoca una persona: te gusta Salvados si te gusta Évole, y lo contrario.

A mí me gusta Évole. Admiro la forma en la que se ha ido templando y modulando, cómo maneja la puesta en escena y el ritmo del relato. Pero el Évole que más me gusta no es el follonero de los comienzos, ni el entrevistador que incomoda con sonrisas, ni el que se sienta al lado de grandes personajes. De hecho, me interesa menos cuanto más político y seriote se pone. El Évole que a mí me enamora es el costumbrista, el que recuperó en su último capítulo de Cornellà. Un Évole con un oído finísimo para conectar con un sustrato de lo popular que a veces juguetea peligrosamente con lo populista, pero siempre se mantiene en una elegancia sobria y digna. Un Évole que callejea como nadie y al que ya estamos echando de menos.

Fuente (Fotos y Texto) El País - España