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Con series como Muñeca rusa (Netflix) se demuestra que la ficción televisiva ha alcanzado la madurez. Ocho episodios (25 minutos) en los que Nadia Vulvokov (Natasha Lyonne) muere y renace constantemente en un bucle temporal que deja en pañales al Día de la Marmota y que le permite reflexionar sobre lo divino y lo humano (más sobre lo humano que lo divino, la verdad), son una razón suficiente para admitir que las series han llegado ya a la libertad narrativa que el cine alcanzó con la Nouvelle Vague.

Naturalmente, no es el primer caso pues hay precedentes notables (One Mississippi, de Tig Notaro, Nola Darling, creada por Spike Lee o Fleabag, de Phoebe Waller-Bridge, entre otras) en los que la libertad del lenguaje cinematográfico estimulaba las reflexiones personales de sus creadores, o viceversa. La virtud de los responsables de estas series es su convicción de que la industria audiovisual permite las innovaciones, siempre y cuando el sofá no se despueble.

Lo que ya parece indispensable en estas ficciones, sobre todo en las estadounidenses, es la presencia en mayor o menor medida de terapeutas y psiquiatras. Forman ya parte del paisaje humano. Muñeca rusa no es una excepción. Todo parece indicar que se trata de un peaje pagado a Woody Allen, por más que en él prime la ironía sobre el tratamiento destinado a solucionar problemas mentales, problemas muy presentes en las tribulaciones de Nadia Vulvokov, una dama que celebra una y otra vez su 36 cumpleaños en esa espiral temporal a la que parece condenada y sobre la que pesa una infancia complicada con una madre desequilibrada; y aquí, de Allen pasamos a Tennessee Williams en ese deambular por la vida y la muerte.

Fuente (Fotos y Texto) El País - España