Hacer un trío

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Las conjunciones humanas en la música, como en la vida, suelen ser un misterio. Juntar a varios solistas excepcionales para hacer música de cámara no garantiza, por principio, el mejor resultado. Lo saben bien los integrantes del Cuarteto Arcanto que, tras comenzar a colaborar, en 2002, esperaron dos años hasta formar un conjunto estable. Hablamos de violinistas de la talla de Antje Weithaas y Daniel Sepec junto a la violista Tabea Zimmermann y el violonchelista Jean-Guihen Queyras, todos ellos nacidos entre 1965 y 1967, y con una amplia flexibilidad estilística que abarca desde la música barroca con instrumentos de época hasta el repertorio contemporáneo. Su exitoso debut en Stuttgart, en 2004, impulsó una trayectoria de doce años como uno de los mejores cuartetos del mundo. Actuaron en las principales salas y ciclos internacionales (como el Liceo de Cámara XXI del CNDM) que coronaron con cinco preciadas grabaciones discográficas, en Harmonia Mundi, con obras de Mozart, Schubert, Brahms, Debussy, Ravel, Bartók y Dutilleux. Pero, en 2016, el conjunto optó por iniciar un sabático indefinido tras sus actuaciones en el Festival de Aix-en-Provence.

Aunque el sabático del Cuarteto Arcanto sigue adelante, tres de sus integrantes han vuelto a tocar juntos. Sepec, Zimmermann y Queyras coincidieron, en la última edición de ese festival veraniego francés, para tocar tríos de cuerda. Abordaron un programa ideal que conjugaba la cumbre de esa formación camerística, el Divertimento K. 563, de Mozart, con uno de sus ecos beethovenianos, la Serenata opus 8, y una mirada a la música húngara del siglo XX por medio del poco frecuentado Sándor Veress. Ese mismo programa se escuchó, anteayer miércoles, en el Auditori de Barcelona, y, ayer jueves, llenó prácticamente la sala de cámara del Auditorio Nacional dentro de la presente edición del Liceo XXI del CNDM.

[FICHA DEL CONCIERTO]. Obras de Beethoven, Veress y Mozart, Daniel Sepec, violín Tabea Zimmermmann, viola y Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Liceo de Cámara. Centro Nacional de Difusión Musical. Auditorio Nacional. Sala de Cámara, 14 de marzo.

La velada empezó, como no podía ser de otra manera, con una marcha. El arranque de la temprana Serenata opus 8, de Beethoven, dejó bien clara la personalidad y el lugar de cada músico en esta maravillosa conjunción camerística: la naturalidad del violín de Daniel Sepec, a la izquierda, la fantasía del violoncelo de Jean-Guihen Queyras, a la derecha, y el equilibrio de la viola de Tabea Zimmermann, en el centro, pero también el corazón y el cerebro de este conjunto. Está claro que la denominación de serenata alude a una estructura que supera con creces los cuatro movimientos convencionales, aunque su extraordinaria originalidad dificulta que podamos hablar de una obra menor. Precisamente, el primer indicio evidente de esa originalidad, un emotivo adagio en re menor que contrasta y alterna hasta en cuatro ocasiones con un chispeante scherzo en re mayor, lo convirtieron en el primer momento glorioso de la noche, a pesar de las toses exageradas y persistentes entre el público. Los músicos esperaron, eso sí, a que el público aliviase sus expectoraciones antes de abordar el allegretto alla polacca que fue otra cumbre de refinamiento musical. A continuación, la secuencia de variaciones permitió el lucimiento de cada instrumento en solitario y la marcha cerró idealmente el círculo de la obra.

El Trío para violín, viola y violonchelo, de Sándor Veress, ocupó el centro del programa, entre Beethoven y Mozart. Es también su lugar natural dentro de la música húngara del siglo XX, como continuación de sus maestros, Bartók y Kodály, e impulsor de sus discípulos, Ligeti y Kurtág. Pero lo más interesante de esa composición, de 1954, es su carácter experimental, que resaltaron admirablemente Sepec, Zimmermann y Queyras. Veress adopta un estilo muy personal de dodecafonismo, que le permite dar cabida a la música folclórica. El resultado sonó fascinante no sólo en el andante inicial, con esas maravillosas texturas flotantes en rubato, sino especialmente en el motórico allegro molto, pleno de diálogo, dinamismo y fluidez, pero también con interesantes efectos tímbricos, como esos ritmos golpeados sobre la caja del instrumento.

La composición más esperada de la noche ocupó toda la segunda parte del concierto: el referido Divertimento K. 563, una de las mejores obras camerísticas de Mozart, pero también un curioso misterio. Fue escrita en septiembre de 1788, en un periodo difícil para el compositor salzburgués, y suele asociarse con la ayuda que le prestó su compañero de logia masónica, el comerciante textil Johann Michael Puchberg. No obstante, hoy se discute esa teoría y se piensa que el llamado “trío de Puchberg” es quizá el Trío con piano K. 542, tal como recoge Edward Klorman en su monografía sobre las interacciones sociales y personales del compositor que inspiraron esta música (Cambridge University Press, 2016). Sea como fuere, lo cierto es que hay algún indicio masónico en esta partitura, empezando por su tonalidad de mi bemol mayor. Seguramente, el nombre de divertimento aluda, al igual que en Beethoven, a una estructura que supera las limitaciones de cuatro movimientos, con un minueto adicional y un tema con variaciones. Pero la riqueza musical de esta partitura es infinita.

Lo dejaron bien claro los tres integrantes del Cuarteto Arcanto, desde el principio, con un magistral control de planos y transiciones. Elevaron el paso al desarrollo, en modo menor, de los dos primeros movimientos. El primer minueto volvió a ser un dechado de conversación y elegancia, ahora con leves adornos para diferenciar las repeticiones. Pero, otra vez, la magia llegó en los movimientos que exceden el molde habitual, como el cuarto, un andante con variaciones que fue lo mejor de la noche. Aquí, casi al final, Mozart detiene el discurso, en el minore, para invitarnos a la reflexión y el recogimiento, con un pasaje barroco de tinte contrapuntístico que adelanta el futuro dúo de los hombres armados de La flauta mágica. Y lo resuelve a continuación, en el maggiore, con la viola oficiando con el cantus firmus junto a las disminuciones del violín y el stacatto del violonchelo. Pero todavía faltaba el segundo minueto, ahora con dos tríos, y el allegro que fueron sendas lecciones de estilo, discurso y estructura. No hubo propinas, aunque la mejor sería el regreso de esta formación cuartetística. De momento, han hecho un trío.

Fuente El País - España