El sexo de los dragones

Fuente: El País - España

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La última temporada de la serie más popular del planeta despegó en la madrugada del lunes con toda la expectación posible. Dicho de otro modo, la hora de la verdad (si es que eso significa algo) ha llegado. Solo nos separan 400 minutos (algunos menos después del episodio recién emitido) para saber cómo se resuelve casi una década de ficción televisiva.

Los primeros capítulos siempre son frustrantes, se cierran cuando la trama está entrando en calor, y de eso tampoco se libra el primero de los seis de la octava temporada, que arranca poniendo sobre la mesa tiranteces que a estas alturas sabemos que no pueden llegar muy lejos. Como era de esperar la llegada a Invernalia de Daenerys Targaryen, la madre de los dragones y ahora amante del rey bastardo Jon Snow, despierta recelos entre los norteños. El héroe calzonazos en brazos de la lagarta rubia. No lo dicen, pero lo piensan.

Aunque durante estos años Juego de tronos no ha escatimado detalles sobre la vida sexual de sus personajes principales, con Jon Snow y la heredera de los Targaryen las cosas son diferentes. La séptima temporada terminó con un plano-contraplano de los dos personajes mirándose a la cara en la cama del barco que les conducía al norte. Mientras, la voz en off de Bran Stark (ese inquietante personaje que todo lo ve y todo lo sabe) reconocía la verdadera identidad de Jon, hijo legítimo de Lyanna Stark y Rhaegar Targaryen y, por tanto, ni bastardo ni pringado, sobrino de su amante y heredero directo al Trono de Hierro de los Siete Reinos. Se oyeron entonces críticas al escaso voltaje erótico de la escena. Pero no se trata ni de falta de química entre los intérpretes ni que Emilia Clarke (la actriz británica que da vida a la Khalessi) haya expresado su voluntad de no salir más desnuda. Es solo que entre Jon Nieve y la Rompedora de cadenas el sexo va de otra cosa.

Quedó latente esta madrugada, en uno de los mejores momentos del nuevo capítulo. Jon y Daenerys se acercan a los dos dragones vivos, Drogon y Rhaegal, para comprobar que se alimentan en condiciones cuando ella invita a su amado a subirse a uno de ellos para volar juntos, algo que hasta la fecha no había ocurrido con ninguno de sus anteriores amantes. A lomos de Drogon y Rhaegal los dos personajes atraviesan el paisaje nevado hasta llegar a unas cascadas de hielo donde al fin se bajan y besan. ¿Pero qué vale un beso después de surcar los cielos sobre una bestia? Se suele marcar el punto de inflexión de esta serie cuando al final de la primera temporada la cabeza de Ned Stark rodó por los suelos. Pero la misma sorpresa —o mayor— la tuvo la última secuencia de esa primera temporada, en la que la Khalessi se inmola en la pira funeraria de su marido, Khal Drogo, y renace de las cenizas acompañada de tres preciosos bebés dragón.

Desde que Juego de Tronos empezó a emitirse, en abril de 2011, los dragones han crecido tanto como la serie, que simboliza como ninguna otra los cambios del consumo audiovisual, cada vez más próximos a la bulimia que a la degustación. Lo que empezó como una ficción de aire medieval donde se notaban las pelucas de los actores ha acabado como una filigrana de novísimos efectos especiales y gigantesca producción.

La séptima temporada desafió las estadísticas con casi los 33 millones de espectadores. Un banquete que pulveriza las cifras de cualquier otro universo televisivo. Durante los últimos 20 meses el goteo de noticias ha inundado la redes. Un proceso largo y complejo: solo una de las batallas finales ha requerido 55 días de rodaje. En las últimas semanas el ruido ha sido incesante. Solo el trailer de la octava temporada lo han visto 50 millones de personas. No hay medio de comunicación que no haya recapitulado sobre el fenómeno, estableciendo muchos de ellos una cuenta atrás que se cerró esta madrugada. Entre tanto, se ha repasado todo lo ocurrido hasta la fecha estableciendo un debate de filias y fobias con personajes en su mayoría muy esquemáticos o especulaciones con supuestos visos de rigor sobre una serie cuyas leyes internas son tan etéreas como el sexo de los dragones. Al final de la séptima temporada Daenerys Targaryen recordaba que si aquellos seres mitológicos habían desaparecido del mundo era porque se les había encerrado como animales domésticos. Así menguaron hasta parecer perrillos falderos: “Y sin ellos ya no éramos extraordinarios”, sentenció entonces la Reina Dragón.

Fuente (Fotos y Texto) El País - España