Un dolor que trasciende la política

Fuente: El País - España

Gente
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Nadie murió y finalmente el edificio sobrevivió. Sí, solo era un edificio, pero el incendio de la catedral de Nuestra Señora de París ha creado un raro momento de comunión nacional en un país dividido por las clases sociales, los orígenes étnicos y las ideologías políticas. Porque Notre Dame era mucho más que un vetusto templo gótico de un culto en retroceso. Ha sido como si Francia se diese un respiro tras meses de resentimiento y desprecio, de un malestar crónico que estalló de nuevo con la crisis de los chalecos amarillos.

Hoy el país aparece como un bloque conjurado para la reconstrucción. Fluctuat nec mergitur, se tambalea pero no se hunde, es el lema en latín de la capital francesa, tan repetido tras los atentados de 2015. Herida pero todavía en pie, y tan imponente como siempre, Notre Dame honra el lema parisino.

Las llamas, que el lunes devastaron parte del techo de la catedral y derribaron la icónica aguja, han trastocado la agenda política. El presidente, Emmanuel Macron, tenía previsto presentar en un discurso medidas de impacto en respuesta a los chalecos amarillos. Aplazó el discurso al recibir las primeras noticias del incendio, y también la rueda de prensa prevista el miércoles en el Palacio del Elíseo. No es momento para la batalla política, según el presidente, que considera prioritario dedicar todos los esfuerzos al rescate de la catedral. El Consejo de Ministros, el mismo miércoles, se dedicará íntegramente a Notre Dame. Por la tarde prevé lanzar la suscripción nacional para sufragar la catedral que ya es una causa nacional.

Cuando el incendio aún no estaba apagado, cerca de la medianoche, Macron dijo: “Nuestra Señora de París es nuestra historia, es nuestra literatura, es nuestro imaginario, es el lugar donde hemos vivido nuestros grandes momentos, nuestras epidemias, nuestras guerras, nuestras liberaciones, es el epicentro de nuestra vida, el patrón desde el que se mide nuestro país, son tantos libros y pinturas, una catedral que es de todas las francesas y franceses, incluso los que nunca han venido”.

En dificultades por la revuelta de los chalecos amarillos y sin respuestas claras para derrotarla definitivamente, Macron ha sabido encontrar las palabras adecuadas —la grandilocuencia retórica, el patriotismo, la mística republicana— en momentos como este. Parece como si estas tragedias fuesen la ocasión para vestirse con los ropajes de un cargo —monárquico y republicano a la vez— en el que los presidentes más recientes no han sabido encajar. Incluso sus rivales más feroces—los líderes de la izquierda y la derecha radical, Jean-Luc Mélenchon y Marine Le Pen— han enterrado el hacha. “Hoy, sean cuales sean nuestras posiciones políticas, todos estamos embarcados en el mismo dolor. Pertenecer a una nación es esto. Cuando nos preguntamos qué es ser francés, es tener lágrimas en los ojos al ver arder Notre Dame”, dijo Le Pen a un grupo de corresponsales.

La comunión nacional, que por ahora también es política, apela a mitos persistentes como el rassemblement o unión por encima de las querellas partidistas. Ocurre en un momento en el que se multiplican los diagnósticos pesimistas. Uno de los libros de más éxito recientes se titula El archipiélago francés, obra del politólogo Jérome Fourquet, que describe una Francia en pleno proceso de disgregación y de descristianización.

La catedral es un símbolo del catolicismo en el que muchos, más allá de esta confesión y más allá de las fronteras francesas, se reconocen. El temblor común ante las llamas —laicos y católicos, ateos y creyentes, parisinos y franceses del resto del país, de izquierdistas que consideran la Revolución el mito fundacional y de nostálgicos del Antiguo Régimen— proyecta una imagen poderosa. Es difícil no ver en el esfuerzo común, ricos y pobres, sector público y sector privado, por Notre Dame una metáfora de la nación remando al mismo tiempo. La metáfora es imperfecta. Una catedral, por mucho que signifique, no es un país, pero traduce una nostalgia y una aspiración.

Fuente (Fotos y Texto) El País - España