Enseñanzas artísticas y sociedad creativa

España
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Hace como veinte años estudiaba Ingeniería Superior de Telecomunicaciones y entoné de modo decidido: “mamá, quiero ser artista”. A mi progenitora, cómo no, le dio un soponcio. “Pero, ¿eso se aprende? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Esos estudios son oficiales?”. Para demostrárselo tuve que rebuscar en el BOE para llegar al artículo 45 de la LOGSE donde se establecía que los Títulos Superiores de Arte Dramático eran equivalentes a todos los efectos a las licenciaturas. Iguales, pero desconocidos para mucha gente. No solo para mi madre. Cuatro años después, ya titulado, me propuse doctorarme en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense y, de nuevo, se cuestionó la validez de mi título superior oficial. Tras el examen de una comisión fue finalmente admitido y permitió que me doctorara un lustro después. Esta situación de desconocimiento y también de desubicación de las enseñanzas artísticas superiores lamentablemente hoy apenas ha cambiado. Asfixiadas entre las paredes de un régimen similar al de los institutos de secundaria siguen clamando porque se las considere lo que son: enseñanzas superiores de pleno derecho.

A lo largo de las últimas décadas se han sucedido gobiernos de diferente signo político y, si bien se han dado algunos tímidos pasos de dispar intensidad y poca coordinación, ninguno ha dotado a las enseñanzas artísticas superiores del ámbito y rango que les corresponde para desarrollar todas sus potencialidades. Potencialidades que harían de nuestra sociedad, una sociedad mejor, una sociedad creativa. Según un informe del World Economic Forum, como recoge Alex Gray en su artículo Las 10 habilidades que necesitas para prosperar en la Cuarta Revolución Industrial, para 2020 el 35% de las destrezas que actualmente se consideran importantes en el mercado laboral habrán cambiado y, de modo significativo, la creatividad, que en 2015 ocupaba la décima posición entre las más deseables, pasará en 2020 al tercer lugar, tras la resolución de problemas complejos y el pensamiento crítico. Además, la creatividad es una habilidad que nos hace competentes no por la vía de la competitividad, sino sobre todo por la de la cooperación.

Las múltiples aproximaciones y manifestaciones de la creatividad —y aquí podríamos también realizar una lectura de género — han sido tradicionalmente consideradas una destreza menor, en detrimento de habilidades deductivas o enciclopédicas, normalmente encarnadas por sesudos machos alfa. Pericias estas últimas que quizás nunca fueron del todo tan necesarias como parecían —no es un secreto que los grandes avances científicos se han producido más por intuiciones o pensamientos laterales que por profundas reflexiones— y que acaso lo sean menos en un mundo digital que demanda capacidades críticas y de hiperconexión de lo diverso.

Las enseñanzas artísticas superiores son uno de los pilares sobre los cuales podría asentarse esa sociedad creativa del futuro. Si por algo debemos empezar es por la educación básica, pero, para dotarla de asignaturas que potencien las competencias creativas de las y los profesionales y ciudadanos del futuro, hacen falta docentes especializados en esas disciplinas, que son precisamente quienes se forman en los conservatorios y escuelas superiores de enseñanzas artísticas. Estos centros también son los garantes de la democratización del acceso a la formación artística y, por ende, permiten desarrollar libremente las propias aspiraciones y talentos a toda la ciudadanía. Unas enseñanzas artísticas superiores, dotadas del marco y recursos que precisan e imbricadas con el tejido cultural, podrían favorecer una creación de públicos intergeneracional que potencie el derecho constitucional de acceso a la cultura.

Para conseguir estos objetivos, las enseñanzas artísticas superiores, que actualmente comprenden los estudios de Música, Canto, Danza, Diseño, Conservación y Restauración de Bienes Culturales y Arte Dramático, necesitan ser visibles y estar reconocidas en su nivel superior.

En el plano estatal esto implica que se apruebe una Ley Orgánica de Enseñanzas Artísticas Superiores, que, dado su interés general, en la próxima legislatura podría ser fruto de un consenso entre todas las formaciones políticas como lo ha sido el Estatuto del Artista. Esta Ley haría posible ubicar a estos estudios superiores en un marco apropiado y específico que, al tiempo que respetara sus particularidades, permitiera lograr su plena equiparación a las enseñanzas universitarias en su normativa, estructuras de funcionamiento, estatutos de estudiantes y de docentes y tipología y denominación de los títulos ofrecidos (grado, máster y doctorado).

En el marco de competencias autonómico también se pueden dar pasos de gigante mediante la creación de Universidades de las Artes, en aquellas regiones donde sea posible y deseable, que sirvan para visibilizar e interrelacionar a las diferentes disciplinas, dotar de autonomía a los centros y preservar y potenciar las singularidades de la formación artística, que precisa de recursos específicos, grupos reducidos de estudiantes y un cuerpo docente especializado capaz de reunir competencias pedagógicas, investigadoras y creativas.

Estas Universidades de las Artes serían el terreno ideal para el impulso de la investigación y la creación y, lo que quizás resulte más estimulante, de espacios híbridos como la creación investigadora, la investigación creativa o la investigación de la creatividad. Ámbitos que espolearían de una forma natural la carrera de relevos, no competitiva, entre una creación que, en ocasiones, supera cualquier hipótesis y requiere de líneas de investigación para ser entendida y explicada; y una investigación que, en otras, precede a cualquier práctica y sirve para ampliar los horizontes donde los artistas del porvenir se atreverán a adentrarse.

Las Universidades de las Artes y la sociedad creativa resultante nos ayudarán de un modo determinante no solo a afrontar los retos del futuro con una mayor solvencia sino, sobre todo, a construir un espacio común más colaborativo, empático, feliz, crítico, diverso, valiente e innovador.

Pablo Iglesias Simón es director de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD).

Sigue con nosotros la actualidad de Madrid en Facebook, en Twitter y en nuestro Patio de Vecinos en Instagram

Fuente El País - España