La “diplomacia del beso” se estrella contra el muro de la Casa Blanca

España
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Un desfile militar en París y una cena en la Torre Eiffel. Abrazos y besos en la Casa Blanca. Expresiones mutuas de respeto y admiración. ¿Un romance transatlántico?

La capacidad de los europeos —y de su líder más visible, el presidente francés Emmanuel Macron, protagonista de las citadas escenas con su homólogo estadounidense— para apaciguar a Donald Trump se han estrellado con estrépito ante la decisión de Estados Unidos de abandonar el acuerdo nuclear con Irán.

La diplomacia del beso, como se ha llamado el intento de Macron de usar la sintonía personal para persuadir a Trump, ha resultado inútil. Toda esperanza de que Trump se ablandase, rectificase, aceptase alguna sugerencia de sus aliados se ha esfumado. Trump pagó con desprecio los intentos de los europeos —además de Macron, la canciller alemana Angela Merkel y el ministro británico de Exteriores, Boris Johnson— que desfilaron por Washington en días previos a la decisión sobre el acuerdo nuclear. Y creó una situación en la que las empresas europeas que hacen negocio con Irán se ven hoy amenazadas por las sanciones de EE UU.

Lo avisaba hace unas semanas, en una entrevista con EL PAÍS y otros medios europeos, François Hollande, antecesor de Macron: “En diplomacia están las relaciones personales, la calidad de los argumentos, la inteligencia de las situaciones. Pero usted no puede hacer nada ante un presidente o un jefe de Gobierno que persiga intereses sin tener en cuenta el bien común, y que sólo conozca la relación de fuerza”.

Dilemas europeos

Evitar el enfrentamiento con Estados Unidos y, al mismo tiempo, aprovechar el momento para impulsar una Europa más fuerte y autónoma. Tras la retirada de Donald Trump del acuerdo nuclear con Irán, las potencias de UE hacen equilibrios para encontrar la respuesta justa.

“Francia es el país mejor posicionado para coordinar una respuesta: el presidente Macron es el único dirigente hoy en condiciones de hablar con todas las partes: Europa, Irán, Rusia y Estados Unidos”, comenta Alexandra De Hoop Scheffer, directora en París del laboratorio de ideas German Marshall Fund of the United States.

El dilema ante la ruptura del pacto nuclear es de difícil solución. “De un lado, [los europeos] desean evitar la escalada con Washington; del otro, convencer a Irán de que siga en el acuerdo nuclear de 2015”, dice De Hoop Scheffer. El problema: preservar el acuerdo requiere mantener las inversiones en Irán, y esto impone una “negociación dura”, dice la experta, con EE UU, que amenaza con sancionar a las empresas que negocian con Irán.

Los europeos tuvieron un aperitivo hace un año, cuando Trump abandonó el acuerdo contra el cambio climático. Perseveraron, aunque con distinta intensidad.

Merkel, escéptica y pragmática, dijo desde el primer momento que Europa debería tomar su destino en sus propias manos: la alianza transatlántica ya nunca volvería ser igual.

Macron era realista: Trump había sido elegido para liderar el país más poderoso del planeta para los próximos cuatro años y había que aprender a trabajar con él. No había alternativa. Y era voluntarista: confiaba en que su proverbial capacidad de seducción moviese a Trump, ni que fuese un milímetro. Fracasó con el acuerdo climático y lo logró con el ataque a Siria del mes pasado. Según Macron, él convenció a Trump de limitar el ataque a las instalaciones químicas y de dejar más tiempo las fuerzas estadounidenses en el país.

La respuesta europea a la violación del acuerdo con Irán dará una indicación sobre el futuro de la relación transatlántica. El método Macron no consiste sólo en la caricatura de los besos y abrazos. Al presidente de EE UU, por ejemplo, le ofreció renegociar el acuerdo para incluir más contenciosos además del programa nuclear. El presidente francés no parece haber abandonado esta vía.

Otra vía, no reñida con la anterior: adaptarse a un mundo en el que los europeos perderán el paraguas de EE UU. Trump, según esta visión, no es un accidente. Su antecesor, Barack Obama, fijó como prioridad de su política exterior un giro estratégico hacia Asia que, sin la brutalidad de Trump, ya marcaba distancias con Europa.

La tercería vía sería la de la confrontación. Esta semana, en un artículo, dos excargos de la Administración Obama aconsejaba a los europeos que respondiesen a los insultos de Trump con medidas drásticas como la retirada de embajadores de Washington. Pero, en una UE dividida y llena de pequeños Trumps o aspirantes a serlo, no parece la respuesta más verosímil.

“Donald Trump ha sido elegido por el pueblo estadounidense”, decía Macron a EL PAÍS y otros medios en junio de 2017. “El problema es que todavía no ha elaborado el marco conceptual de su política internacional. Por tanto, su política puede ser imprevisible, y para el mundo es una fuente de inquietud”.

Casi un año después, la realidad se impone. Como hace dos años los líderes del Partido Republicano en EE UU que pensaban controlar a Trump, como hace un año y medio quienes esperaban pisar el Despacho Oval le transformaría, como los moderados que le rodeaban en la Casa Blanca y se suponía que frenarían sus impulsos, ahora es el turno de los europeos.

Nadie ha podido cambiar a Trump hasta ahora. Los europeos, ni el hábil Macron en su versión más seductora, constatan definitivamente que tampoco ellos lo harán.

Fuente El País - España