El sarro azul en los dientes de una monja que resultó ser lapislázuli

Ciencia
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

El sarro acumulado en los dientes de una monja de un pequeño convento del siglo XI confirma que las mujeres fueron parte esencial de la transmisión de la cultura en la Edad Media. Usando sofisticadas tecnologías, investigadoras europeas y estadounidenses han identificado entre la placa dental partículas del pigmento más valioso y raro de aquella época: el azul de ultramar. Obtenido del lapislázuli, hermoseaba tablas, frescos (siglos más tarde daría color al cielo de la Capilla Sixtina) y los manuscritos más exclusivos. ¿Cómo llegó hasta la boca de aquella mujer? Las científicas defienden que se adhirió a su dentadura mientras afinaba el pincel con el que iluminaba libros.

En este camino de lo más sucio a lo más bello, el azar ha jugado su papel. "Descubrimos el pigmento azul en el sarro dental por accidente", dice la investigadora del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana (Jena, Alemania) y coautora del estudio, Christina Warinner. Hace unos años, un equipo liderado por esta experta en microbioma humano antiguo estaba analizando la dentadura de unos restos humanos hallados en el cementerio de un pequeño convento de las agustinas en Dalheim (al oeste de Alemania). Eran los dientes de una mujer, probablemente una monja de no más de 60 años, datados mediante radiocarbono entre el 997 y el 1162 de esta era. La identificaron como B78.

"En realidad estábamos realizando un estudio sobre salud y dieta, buscando al microscopio bacterias, restos de almidón y polen en la placa dental calcificada", comenta Warinner. Pero entre las biomoléculas de virus, bacterias y material orgánico atrapado en el sarro calcificado encontraron también unas partículas de un azul tan intenso que aquello no podía ser otra cosa que un mineral. "Una vez que lo encontramos, queríamos saber qué era y, luego, qué significaba", añade la científica alemana. El trabajo actual, publicado en Science Advances, cuenta cómo lograron identificar aquel azul y sugiere cómo llegó hasta los dientes de la monja.

Las investigadoras sugieren que la monja ensució de azul sus dientes de tanto afinar el pincel con la boca

Para arrancar primero el sarro y después aislar las partículas azules del resto de la placa dental, los científicos usaron un barrido con ultrasonidos (sonicación) no muy diferente del que usan los dentistas. Encontraron hasta 100 partículas en el sarro de un único diente, con un tamaño medio de 10 micras, más o menos la décima parte del grosor de un cabello humano. La mayor concentración de partículas procedía del sarro de la parte anterior de la dentadura, un detalle que les ayudará a determinar cómo llegaron hasta allí.

Aparte de la pérdida de dos molares y signos de una ligera periodontitis, los restos de la monja no muestran signos de enfermedad o trauma que puedan explicar el azul de sus dientes. Sospechando que pudiera ser un pigmento, las investigadoras sometieron las partículas a dos tecnologías distintas de espectrometría, una mediante un haz de electrones (microscopio electrónico de barrido o SEM) y otra aprovechando un efecto de dispersión de la luz (espectroscopia micro-Raman). Al comparar los espectros obtenidos con referencias de otros pigmentos azules pudieron determinar que lo que la monja tenía en sus dientes era lazurita, el principal mineral presente en las piedras de lapislázuli.

"El pigmento azul obtenido a partir de lapislázuli era el más caro en la Edad Media", recuerda la científica del londinense Museo de Victoria y Alberto, dedicado a las artes decorativas, Lucia Burgio. "Hasta el descubrimiento de América, el lapislázuli solo se encontraba en el actual Afganistán, lo que explica porqué era tan precioso y difícil de obtener", añade esta experta en el análisis de materiales de obras de arte, no relacionada con el estudio. Burgio añade además que, a diferencia de otros pigmentos azules que se degradan con el tiempo, como la azurita, el azul ultramar de la lazurita conserva su viveza aún hoy.

Así habría llegado el lapislázuli hasta los dientes de la monja. ampliar foto
Así habría llegado el lapislázuli hasta los dientes de la monja.

El profesor de la Universidad de Harvard y uno de los mayores expertos estadounidenses en la historia medieval europea, Michael McCormick, amplía la relevancia y carácter exclusivo del lapislázuli, la lazurita y el azul ultramar: "Venía de una única mina de Afganistán y tenía que viajar desde allí en caravanas hasta Constantinopla o Alejandría y luego lo compraban los mercaderes venecianos o genoveses, era embarcado por el Mediterráneo y, finalmente, pasado por comerciantes a través de los Alpes hasta Alemania".

¿Cómo llegó un pigmento tan especial, con un valor equivalente al oro, hasta el sarro de una monja de un pequeño convento alemán? Las investigadoras reconocen que no lo saben con certeza. Pero apuntan cuatro posibles explicaciones y argumentos para descartar las tres primeras. Una posibilidad es que la monja usara el lapislázuli como medicamento. Desde tiempos de los persas y los antiguos griegos, la medicina lapidaria, basada en gemas preciosas, era una de las formas de curar los males. Pero los primeros tratados médicos en latín medieval no aparecen hasta finales del siglo XI. Así que parece improbable que esta práctica del oriente hubiera llegado a tierras germanas antes de que muriera la monja.

Otra de las posibilidades recuerda al desenlace del misterio de la obra El nombre de la rosa, de Umberto eco. El azul de la monja podría proceder de la osculación devocional, la costumbre de besar los textos sagrados. Se puso tan de moda al final de la Edad Media, que algunos textos litúrgicos se distribuían con unas tablillas adheridas donde besar y así no deteriorarlos. Aunque hay constancia de la práctica ya en tiempos de los merovingios (siglos VI-VIII), no sería habitual hasta tres siglos después de morir la mujer del convento de Dalheim.

Aunque hay otras iluminadoras como la coautora de 'El beato de Gerona', este estudio apunta a que las monjas escribas no eran la excepción

A las autoras del estudio solo se les ocurren dos escenarios alternativos: o la monja fabricaba el pigmento a base de lapislázuli o ella misma escribía o iluminaba manuscritos. El comercio del lapislázuli asiático estaba en manos de mercaderes venecianos, que lo controlaban con mano de hierro. También son italianos los primeros tratados que explican el complejo proceso de molienda, lavado, suspensión y filtrado hasta obtener el azul ultramar. Pero se escribieron muy lejos y mucho después de donde vivía y moriría la monja. Aunque no descartan esta posibilidad, las investigadoras apuntan a que el pigmento llegaba ya elaborado al convento. Así que apuestan por que, en su labor de iluminar libros, la señora se llevara repetidamente el pincel a la boca para afinarlo antes de un nuevo trazo. Y así fue ensuciando de azul sus dientes.

"El uso de lapislázuli como medicina o los ósculos devocionales no produciría los patrones de deposición que observamos", explica la arqueóloga de la Universidad de York (Reino Unido) y coautora del estudio, Anita Radini. En cambio, apuesta por la tesis de la monja escriba o iluminadora, "por la forma en la que se integran en el sarro: las partículas aparecen en forma de polvo suelto y su tamaño concuerda con el del pigmento preparado, no con la masa grumosa [del proceso de preparación]", añade.

De ser así, se trataría de una de las primeras iluminadoras de libros medievales de las que hay constancia. No es la única, hay grandes manuscritos, como el Liber Scivias, de la abadesa del siglo XII Hildegarda de Bingen o, aún más antiguo, el Beato de Gerona, un códice en el que parte de las miniaturas fueron pintadas por una monja. Pero esta investigación refuerza un escenario en el que, lejos de una excepción, la participación de las mujeres, en especial religiosas, en la transmisión de la cultura no fue un fenómeno aislado.

Aún se puede apreciar el tono azulado en la dentadura inferior de la monja. ampliar foto
Aún se puede apreciar el tono azulado en la dentadura inferior de la monja.

La experta en historia medieval y coautora del estudio Alison Beach sostiene que la redacción e ilustración de los manuscritos medievales era un asunto de monjes, sí, pero también de monjas. "La mayoría de las religiosas trabajaban en la sombra, quizá bajo una particular presión espiritual para practicar la humildad y, aunque muchas tuvieran grandes destrezas, como nuestra B78, habrían permanecido anónimas. Mujeres como B78 habrían estado dispersas por toda la Europa medieval en esta época, trabajando en muchos casos para obispos o abades más allá de sus propias comunidades o regiones, sin dejar rastro de su identidad como artistas".

Su colega McCormick coincide con Beach: "Los estudiosos habían asumido en el pasado que la copia y la iluminación de manuscritos era un asunto de hombres. Pero excelentes investigaciones recientes han demostrado que las mujeres desempeñaron un papel mucho más importante de lo que muchos habían creído", dice y añade: "Este nuevo estudio es el primero en identificar físicamente a una de estas artistas mencionadas en las cartas y registros de la época y abre un camino completamente nuevo para identificar a las mujeres (y hombres) artistas de entonces".

Fuente El País - España