Las minorías de Turquía y Grecia esperan que el diálogo entre ambos Gobiernos alivie su discriminación

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Sobre una de las colinas de Heybeliada, en el archipiélago de las islas Príncipe (Estambul), se levanta un bello edificio decimonónico entre bosques de pinos: es la Escuela Teológica de Halkí, donde se han formado doce patriarcas de Constantinopla e innumerables arzobispos, obispos y prelados de la iglesia greco-ortodoxa. Habitualmente, las pisadas resuenan con eco en el silencio de sus pasillos, pues hace mucho que los últimos estudiantes dejaron de recorrerlos. Las aulas, con sus filas de viejos pupitres de madera, permanecen cerradas.

Pero este miércoles, el recinto bullía de actividad: monjes, fieles, periodistas. Y no sólo porque se celebrase la liturgia de San Fotios, patrón del pequeño monasterio que preside su jardín, sino porque entre los visitantes estaba el primer ministro griego, Alexis Tsipras. Era parte de su viaje oficial de dos días a Turquía pero también la primera visita de un mandatario de Grecia a tan importante seminario en más de 80 años, lo que es visto como un signo de esperanza por la “atormentada comunidad griega”, en palabras del patriarca Bartolomé I. Atormentada desde luego: tras sufrir pogromos, leyes discriminatorias y amenazas, de los 200.000 griegos que vivían en Turquía a inicios de los años treinta, hoy sólo quedan 3.500.

“Las minorías de Grecia y Turquía no deben ser motivo de conflicto, sino servir para tender puentes. Espero que en mi próxima visita, Erdogan y yo abramos la escuela teológica”, manifestó Tsipras. En 1971, en uno de los momentos de mayor tensión turco-griega, el Gobierno de Turquía clausuró la Escuela Teológica de Halkí, que, como el resto de sus instituciones religiosas, es visto por la minoría griega de Turquía como un punto de referencia y símbolo de unidad de la comunidad. Las sucesivas promesas de reabrir el seminario, hechas por el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan en los últimos años, nunca se han materializado. “Es cierto que, con Erdogan, la situación de la comunidad griega ha mejorado mucho, es probablemente el mejor periodo en la historia de la república [turca]. Se han reabierto iglesias y monasterios y ahora a nuestro patriarca se le permite dar misa en diferentes diócesis”, explica una fuente del Patriarcado Ortodoxo a EL PAÍS: “Pero siempre hay margen de mejora. Para nosotros, la reapertura del seminario, es algo muy importante y simbólico, porque aquí se formaba al clero y a las autoridades de nuestra iglesia. Es también una cuestión de libertad religiosa y derechos humanos”.

Pero Ankara supedita ceder en esta cuestión a que el Gobierno heleno mejore la situación de la minoría turca de Grecia, de unos 100.000 integrantes. Y, en concreto, a que en lugar de nombrarlos a dedo desde Atenas, permita a los turcos de Tracia elegir a sus propios muftíes, líderes religiosos que tienen cierto poder judicial en materia de asuntos civiles de la comunidad musulmana, como matrimonios, divorcios y pleitos sobre herencias.

Aunque los “derechos individuales han mejorado” respecto a hace treinta años —cuando a los turcos de Grecia se les impedía moverse con libertad y se les ponía obstáculos a la compra de propiedades—, “los derechos como comunidad siguen sin respetarse”, explica a EL PAÍS el periodista turcogriego Evren Dede, en conversación telefónica desde Komotiní, la capital de Tracia. Por ejemplo, se les prohíbe identificarse, a ellos y a sus asociaciones, como “turcos”, pues la denominación oficial es que son “minoría musulmana”, sean creyentes o no. “En los últimos años, además, se han reducido las horas de clase de lengua turca y de religión islámica en nuestras escuelas y, por ejemplo, en Atenas no tenemos mezquita donde rezar ni cementerio en el que enterrar a nuestros muertos”, denuncia.

Pese a que su estatus está regulado por el Tratado de Lausana de 1923, que les confiere cierta autonomía y protección internacional a sus derechos, lo cierto es que la minoría turca de Grecia y la griega de Turquía se han convertido en moneda de cambio para los Gobiernos de ambos países. “Cuando las relaciones entre Turquía y Grecia van bien, nosotros estamos bien —resume Dede—. Cuando van mal, nosotros sufrimos”.

Fuente El País - España