Ni todos machistas, ni ellas sumisas y tampoco terroristas

Religion
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Justo unos días después de los atentados terroristas en Barcelona y Cambrils ocurridos el 17 de agosto de 2017, a la hija de Fátima un hombre le gritó: “Vete a tu país, que aquí ya habéis hecho mucho daño”. Usua Ben Hander, con solo 17 años, se preguntó a qué país se refería aquel hombre. “Yo he nacido en Fuenlabrada pero cuando tienes color en un lugar en el que nadie lo tiene, inevitablemente te enfrentas a episodios racistas”, cuenta desde su casa a las afueras de Madrid.

“No se dirigen a nosotros como argelinos, tunecinos o marroquíes, sino como moros, y esa palabra tiene una carga negativa”, explica el investigador de la Universidad de Castilla-La Mancha Salah Eddine Salhi. Aunque valora que en la esfera política española no existan partidos antimusulmanes como el Frente Nacional en Francia, o el Partido por la Libertad en Holanda. La comunidad migrante marroquí, con 769.050 residentes según el INE, es la más numerosa de España. Pero como dice el argelino de 32 años, en el imaginario colectivo, se suele aglutinar a todos los ciudadanos árabes como un todo, profesen una religión u otra o hayan nacido en España, Egipto o Libia.

El último estudio del Observatorio Andalusí de la Unión de Comunidades Islámicas de España (Ucide) indica que en España viven 1,9 millones de musulmanes de distintos orígenes: del Magreb Árabe, de África occidental, de Oriente Próximo y Oriente Medio y nacidos en España. “¡No te inmoles!”, le dicen entre bromas sus amigos a Aurora Ali, una española-egipcia que colabora Observatorio de la Islamofobia en los Medios. Ella explica que como no tiene rasgos que se lean como árabes, siente la discriminación en los comentarios, en las redes sociales o en la imagen que proyecta la prensa sobre la comunidad árabe y/o musulmana. “Tenemos un apartheid de las generaciones. Yo no soy segunda generación. Soy una ciudadana de pleno derecho”, dice con vehemencia. 

Y la categorización también se da a la inversa. “Yo nunca me he sentido apartada por la comunidad española, sino por la árabe porque todavía hay gente que no está acostumbrada a ver una mujer musulmana empoderada”, explica la abogada española-marroquí Nessrin El Hachlaf. Para ella no es cuestión elegir entre patrias. “Mis identidades se suman una a la otra y hacen un plus, nunca restan, por eso nunca digo que soy ni que soy marroquí ni que soy española”. Y esa imagen de mujer fuerte y luchadora es la que reivindican a la vez Fátima, Usua, Aurora y Nessrin. “El que piense que estamos sometidas a nuestros maridos es porque no ha entrado en una casa de árabes”, dice Fátima con humor. Y su hija añade: “No podemos hablar de la mujer árabe. Cada mujer es única”.

“Yo soy castellano leonés y con mucho orgullo”, explica el doctor Mohamad Salami, que llegó a España desde Líbano hace 50 años para estudiar medicina y se quedó. No se olvida nunca de su origen, pero lanza una pregunta: “Cuando un país te da educación, trabajo y familia, ¿tú de dónde eres?”. “Yo trabajo aquí, tengo mis hijos aquí, he estudiado aquí y las cosas malas que le pasan a este país me duelen como a cualquier español. Me siento española pese a quien le pese”, añade la saharaui Fátima Bentauat. 

“Esos estereotipos de hombre árabe bárbaro, homófobo y violador y mujer sumisa e inculta se van disipando”, analiza Aurora Ali. Y explica que aunque durante 2017 el Observatorio contra la Islamofobia recogió 546 incidentes islamófobos (160 en persona y 386 en medios y en las redes), también fue en ese año cuando se produjo una ola de solidaridad tras los atentados en Barcelona. El hashtag #YoTeAcompaño, creado para evitar que las personas árabes o musulmanas estuvieran expuestas a insultos o agresiones, se convirtió en tendencia en Twitter.

La casa de Fátima luce tal y como ella se presenta al mundo. Tiene dos salones: uno oriental, donde prepara el té y sirve dátiles, entre alfombras, cojines y elementos decorativos traídos de Libia —el país de origen de su marido— y el Sáhara, y otro occidental, con la televisión, los sofás, la mesa de comedor y las fotos de familia. Esa casa es un poco como los entrevistados de este reportaje, que han ido conformando sus vidas con elementos diversos, traídos de aquí y de allí, pero con un espacio común, España. Desde su consulta en el centro de Madrid, el doctor Salami reflexiona: “Nos separa el solo el 3%, ¿por qué no podemos centrarnos en el 97% que nos une?”.

Por eso Fátima no entiende cuando sus hijos vienen del colegio y le cuentan que los apartan por tener el pelo rizado o la tez oscura. “Si haces que los niños nacidos aquí se sientan ajenos, terminan por no sentirse cómodos en esta sociedad”, dice. Precisamente la niñez fue un momento clave en la vida de Usua. “Cuando creces te das cuenta de que no te insultan porque hayan nacido así, sino porque lo han aprendido. Y esperas que cambien y que se den cuenta de que no pueden discriminar a una persona por su tono de piel”.

Mientras Fátima enseña con esmero telas traídas del Sáhara comenta: “Los medios de comunicación deben dejar de usar el término terrorismo islámico. No es terrorismo islámico”. Y a la abogada Nessrin le chirría mucho ver a ciudadanos marroquíes interpretando los papeles de terroristas en las películas. “Cuando eso cese, la gente verá una señora musulmana sentada en el autobús y no la mirará de forma extraña sino que la considerará parte de nuestra cultura y de nuestro día a día”.

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Fuente El País - España