¡Ay, vanidad!

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Hace unos días llegó a mis manos una revista de mercadeo cargada, como siempre, de muchas imágenes y poco texto. Esas publicaciones, como productos del capitalismo tardío, pretenden adecuar sus formatos a las tendencias del negocio editorial del primer mundo.

Hojear sus páginas sedosas y disfrutar la frescura de su línea gráfica fue un deleite, pero no me evitó la risa cuando leí sus reportajes: más que datos sobre los rendimientos e impacto de las empresas, eran apologías al éxito de sus ejecutivos o profanos elogios a su abolengo. Su lectura no compensó ni con una coma la información buscada, pero sí me dio una idea de las pobres comprensiones que sobre la realidad social prevalece en ciertas elites.

En la revista se proponen rankings de preferencia de empresas, productos y servicios sin ninguna investigación de respaldo, mucho menos información sobre los métodos, las técnicas y los procedimientos empleados. Pero no quiero adentrarme en ese análisis, me quedo en la superficie de la experiencia para ser consistente con la banalidad del tema.

La economía dominicana es una de las más opacas del mundo. La falta de transparencia es marca cultural. Nuestras grandes empresas son tradicionalmente cerradas, conformadas por un núcleo de dirección familiar. En realidad, se trata de patrimonios familiares explotados por sociedades privadas. Eso explica en parte las razones por las cuales el mercado de valores dominicano no ha tenido mayor expansión: las pocas empresas que realizan transacciones en la bolsa se limitan a emitir y negociar títulos de deuda (bonos, papeles comerciales), es decir, a tomar dinero del público en vez de colocar títulos de capital (acciones). Esta última decisión implica dos cosas: en primer lugar, la obligación de transparentar su gestión, contabilidad, estructura fiscal y finanzas; en segundo, darles entrada a terceros a la sociedad por vía de la suscripción pública. Obvio, en una economía tan pequeña resulta fácil presumir cuáles son las empresas que forman los grandes oligopolios, pero ese dato no es exacto para precisar el valor de los patrimonios personales de sus dueños, ya que la empresa, como unidad generadora de flujos financieros, puede tener muchos activos, pero pocos beneficios, dato que apenas conoce �??el corazón de la auyama�?�.

Ante la ausencia de un mercado relevante y trasparente de capital, determinar el valor de las fortunas familiares en la República Dominicana es un ejercicio de clarividentes. Es por eso que estas publicaciones deciden �??a su manera�?� quiénes o cuáles son las familias más influyentes, los jóvenes emprendedores más célebres, las empresas más admiradas, las firmas de servicios más calificadas, los hombres de negocios más exitosos y las mujeres más poderosas. Obvio, también son sus anunciantes. Tropezar en sus portadas con rostros bruñidos por la cosmetología digital como láminas del éxito y presentir en el imaginario de sus �??celebridades�?� la flotante ilusión de sentirse Bill Gates, Warren Buffett, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Michael Bloomberg es para morirse de la risa. Esa fantasía se humedece cuando Forbes, �??versión local�?�, les da portada por logros tan colosales como heredar una empresa, amasar una fortuna soberbia en menos de veinte años por negocios con el Estado o promover hábitos de lujo en una sociedad donde seis, de cada cinco, quieren salir huyendo.

Lo grotesco de la historia es que algunos de sus protagonistas se lo creen, con tanta ilusión como las que alucinan a las ingenuas muchachas de un concurso de belleza. He visto portadas enmarcadas y colgadas en ciertos despachos como si se tratara de títulos de Harvard, Yale, Princeton o Stanford. Ese detalle es bastante gráfico de las visiones empresariales que todavía dominan en nuestro medio. He leído en las redes notas de agradecimiento de ejecutivos a esas publicaciones por los empalagosos reportajes en los que los presentan como los empresarios más exitosos, solidarios o notorios. Una vez me llamaron de una de esas firmas editoriales para proponerme un reportaje sobre mi carrera profesional. Le evité el fastidioso protocolo, así que fui directo al tema: �??¿Cuánto me cuesta?�?�, inquirí. Pensé que iba a mediar algún reparo diplomático; pues no: �??Deme su correo para enviarle la tarifa�?�, fue la respuesta. Le devolví esta nota para rechazar la oferta: �??Gracias. No creo justo ni prudente tener que pagar para contarle a la gente la historia de mis éxitos: es publicidad engañosa. Los logros se viven y la aptitud se prueba. No seré mejor porque ustedes lo escriban, prefiero oírlo de mis clientes. Gracias�?�.

Frente a un círculo tan secreto de fortunas viejas, emergentes, aparentes, mal habidas, heredadas o blanqueadas, estas publicaciones no tienen más razón que ventilar el narcisismo social con el pretexto de la marca empresarial. Les llamo �??vibradores editoriales�?�. Dudo que sus �??celebridades�?� sepan de su limitadísimo �??mercado�?�, muy parecido al club de sus propios anunciantes. En palabras más francas: las �??leen�?� los que salen en ella y salen los que... ¡Ay, vanidad!

Fuente Diario Libre