Harpócrates y el valor del silencio en política

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El éxito en la actividad política radica en la capacidad de los actores enfrascados en la lucha por el control de las estructuras de poder para convencer y persuadir al mayor número posible de ciudadanos de una sociedad determinada, quienes, en democracia, son los que imponen la voluntad popular.

La complejidad de la política provoca, sin embargo, que esta tarea sea más difícil de lo que aparenta, por lo que el uso inadecuado de la palabra como herramienta de persuasión y convencimiento; conduce a que, muchas veces, se convierta en ‘boomerang’ contra determinados aspirantes a la dirección de un Estado o puestos electivos de menor jerarquía.

Consecuentemente, el silencio en determinadas coyunturas tiene un mayor valor que toda discursiva que colida con el pensamiento estratégico, que es vital en la actividad política.

Desde lo mitológico, la historia de la humanidad recoge narraciones que resultan aleccionadoras y que deberían servir de reflexión permanente para buena parte de los políticos dominicanos que padecen de exceso doxario.

A ellos solo les interesa qué dirán los titulares de los telediarios, las redes sociales o los periódicos, sin reconocer que el silencio estratégico constituye un antídoto eficaz contra la sepultura electoral que siempre está a la caza del político.

Una de esas narraciones la simboliza Harpócrates, el nombre griego de Horus, uno de los dioses principales de la mitología egipcia, hijo de Isis y Osiris. Aunque su procedencia es la tierra de los faraones, sus enseñanzas llegaron hasta Grecia y Roma.

Particularmente en la antigua Roma, sus estatuas solían adornar las entradas de los más concurridos templos, representada en un niño con un dedo puesto sobre los labios, que demandaba silencio o prudencia en el hablar en los lugares sagrados.

Las interpretaciones han sido diversas a través de la historia, pero todas coinciden en la importancia de callar y ser prudente cuando un momento así lo aconseja.

En el libro “Mitos Griegos y Romanos” se recoge lo siguiente: … “El niño lleva por vestido una piel de lobo cuajada de ojos y orejas, con lo que se quiere significar que debemos verlo y oírlo todo, pero hablar poco”.

Otra aun más significativa es la de Plutarco, filósofo, moralista e historiador griego, cuando dijo: “No hay que imaginar que Harpócrates sea un dios imperfecto en estado de infancia ni grano que germina.

Mejor le sienta considerarlo como aquel que rectifica y corrige las opiniones irreflexivas, imperfectas y parciales tan extendidas entre los hombres en lo que concierne a los dioses. Por eso, y como símbolo de discreción y silencio, aplica ese dios el dedo sobre sus labios”.

En el caso Plutarco, hablamos de una figura extraordinaria que conoció la esencia del poder político en Roma, donde sus méritos le hicieron merecedor de la ciudadanía.

Su labor de consejería fue tal que llegó a establecer profundas amistades con senadores romanos de gran influencia en su época.

Una mirada a la política dominicana, pone en evidencia que el simbolismo que representa ese dios mitológico se ha ido de vacaciones indefinidas.

Paradójicamente, el azar ha llevado a muchos a las cúpulas de las principales agrupaciones políticas, a pesar de su irreverencia al pensamiento estratégico y la veneración que hacen a las poses mediáticas.

Una reflexión que les podría ser útil está en el consejo del político romano Catón, de que “la primera virtud es la de frenar la lengua”, argumentando que se trata de casi un dios que, teniendo razón, sabe callarse.

Fuente El Día